Ayer un grupo muy reducido de
periodistas tuvo la oportunidad de ver
la colección póstuma de Alexander
McQueen.
La expectación era máxima, más aún
después de su última colección anfibio,
que nos dejó a todos boquiabiertos.
Y la temporada Otoño/Invierno
2010-2012, que el diseñador tenía casi
acabada y que la han terminado de
confeccionar sus ayudantes, reafirmó
ayer que Alexander era, más allá del
«enfant terrible» de la moda, un genio.
La cita era en un precioso salón privado
de París y las modelos salieron a la
pasarela más solemnes que nunca.
La colección, inspirada en la época
bizantina, es un majestuoso ejercicio
de costura, con infinidad de bordados,
brocados y estampados únicos en
su universo personal.
Muy McQueen: recargado, excesivo y
soberbio.
Quizá sea por la trágica pérdida del
diseñador, pero al ver las imágenes
del desfile, parece que McQueen
quería despedirse a lo grande.