Las "ilusiones" de Paula 2
Por: Marta Lamas • PROCESO
un viaje le pagaran la operación, la joven se puso a hacer traducciones.
Su madre dice que lo único bueno que ha traído esa obsesión por agrandarse el busto es esta disciplina de trabajo, pero está preocupada por Paula.
Le parece innecesaria la cirugía, teme que cuando sea madre no pueda amamantar, considera absurdo pasar por un proceso doloroso para adecuarse a un dictado cultural.
Mientras tanto, Paula le responde que la belleza ha sido siempre una aspiración de las Mujeres; por lo tanto, es “natural” su deseo de hacerse lo necesario para “ser bella”. En el mundo de la cirugía estética circula un discurso que vincula las transformaciones quirúrgicas con el progreso científico y el derecho a decidir. Por eso Paula regresó de una consulta llenándose la boca con “el derecho a modelar mi cuerpo”. Así, una idea fundamental de los derechos humanos –el derecho a decidir– es usada para promover la “normalización” de la cirugía.
Aunque Paula dice que se quiere operar “para verse mejor”, tal parece que ha caído, como muchas otras jóvenes, en lo que Naomi Wolf denominó “la trampa de la belleza”: la autoexigencia de conformarse a un ideal estereotipado. Millones de imágenes de Mujeres “bellas”, publicadas en revistas, alimentan el mito.
Esa difusión de modelos está sostenida por las industrias de belleza que invierten billones de dólares en la fabricación de productos cosméticos y que han hecho de la cirugía plástica la especialidad médica de más veloz crecimiento.
Lo que hace daño de este mito no es el deseo de verse bien y de agradar, sino el imperativo de ajustarse a un determinado tipo de belleza.
Y lo lamentable es que ahora tener senos grandes se ha convertido en un requisito indispensable para que las jóvenes se sientan atractivas y aceptadas.
Si bien para la mayoría de los hombres los senos grandes siempre han sido un atractivo, la creencia de que las Mujeres con tetas grandes tienen más éxito es una ficción, no sólo porque muchos hombres prefieren seños pequeños (y otras partes de la anatomía), sino porque las partes del cuerpo no están cargadas intrínsecamente de valor. El valor se lo adjudicamos las personas a partir de los intercambios emocionales y físicos que tenemos. El disfrute gozoso del cuerpo es un elemento fundamental, y unos pechos que pierden sensibilidad, o que están falsamente duros, o a los que no se puede estrujar, pueden deserotizar rápidamente. Tal vez es iluso pensar que las jóvenes como Paula podrían, en vez de modificar sus cuerpos, cambiar la perspectiva con la cual los valoran. Habría que alertarlas sobre las complicaciones que este tipo de operaciones producen, y no sólo las médicas.
Cosificar sus cuerpos y percibirlos como un objeto mercantil llevan a jóvenes como Paula a desilusiones, que tratan de curar con otras cirugías, que derivan en más desilusiones.

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